jueves, 6 de agosto de 2020

CUENTO: EL VIUDO




EL VIUDO

 

No hay mucho que decir cuando la piel se apaga.

¿Por qué cuando la piel flácida cubre los huesos en la ausencia de las carnes idas y, cuando los recuerdos se convierten en sensaciones que igual parecieran querer escapar, se abre una ventana para darle a la muerte la oportunidad de entrar y ser un abrigo deseable y suficiente para borrar todo vestigio que quiera sostenerte?

Entonces es cuando la realidad de los sueños en pareja compartidos cuajados en sonrisas periódicamente vienen en nuestro auxilio, dejando atrás el natural cumulo de amarguras, que igual de siempre nos rodearon por que, qué son las unas en la vida sin las otras. De siempre en esta mezcla que de suyo constituye la existencia y solo la preponderancia de unas sobre las otras es la que determina cual de ellas habrá de mantenerse en el accionar de nuestros sueños cuando ya las acciones hayan lentamente perdido su lugar para, en tanto exista la conciencia, volver allí a remozarse y en esta se percibe la puerta donde nuestro espíritu entrará a ser parte y paladín del universo.

Así el viudo pasa sus días en su vivienda, una parcela enclavada un kilómetro adentro por el camino de la vereda Cuchicute, donde las mañanas se suelen levantar sobre las brumas que nacen en la falda de la montaña con temperaturas, a esa hora, solo cuatro o cinco grados por encima de cero, lo cual hace más sabroso el primer café al romper de los rayos del sol que acuciosos hacen levantar a los pájaros a saludarnos con sus gorgojeos y sus trinos.

Es en medio de este paisaje que la soledad intenta carcomerlo buscando dejar su alma del tamaño de un rasguño, y cuando debe sacar la fortaleza de sus recuerdos, para no abandonar el proceso en el cual la materialidad se va desvaneciendo y el espíritu, como un capullo luminoso, va tomando un camino posible de convertirse en un ser de luz.

Llegar a los setenta y siete en este frío, sin tener con quien dormir abrazado, le hace sentir su cama matrimonial inmensa e inhóspita, sin tener quien al levantarse le dé los buenos días y le recomiende en cada amanecer calzarse su mullidas chancletas y no olvidar el remplazar el calor de su abrazo y su cobija por el suave abrigo de su bata y, este recuerdo le hace indefectiblemente pronunciar quedo, de un modo casi imperceptible su nombre separando tan solo un centímetro la comisura de sus labios y, esta el la señal para que salten en su mente los recuerdos donde se recrean tantos instantes de la vida en lugares esparcidos por el mundo, con sus sabores exóticos, sus arquitecturas, sus ritmos y sonrisas o, también en otras ocasiones, cuando algún problema lo visita, llega  ese sabio consejo suyo llamándolo a la calma y, aún en ocasiones, recuerda su razonar parsimonioso basado en sus principios que se siente a la vez  como un regaño o una instrucción a ser cumplida.

Pasadas estas cábalas, junto a su café mañanero, es entonces la hora de preparar algún bocado que imite el desayuno y adentrarse en la rutina de los quehaceres domésticos, los cuales lentamente van perdiendo su importancia. Allí el polvo establece sobre la quietud algún triunfo. Presagia el destino final de la materia, mientras busca establecerse en una porción  del mundo a través de los sentidos que, poco a poco han ido perdiendo su habilidad cuando el desgaste de los músculos y los órganos se ha acumulado de una forma  cansina, pero aún en sus limitaciones entreteje su ser con el conjunto de las redes materiales y virtuales,  configurando el acervo de la vida, donde le es dado entregar alguna contribución a su intelecto y al mundo  en el transcurrir del paso de las horas de cada día sucediéndose una a una, hasta llegar a adentrarse en la noche, por antonomasia, en nuestra especie, el espacio ideal para tomar fuerza y renovarnos antes de retornar al   discurrir  del mundo y todo el tiempo rodeado por el  metódico devenir captado por los medios en noticieros y el fluir de las redes sociales, con sus incontables fuentes y matices, disimulando no escucharlos para evitar con ello tener que rectificar o ratificar sus errados o certeros puntos de vista. En esto transcurre su vivir, además de ir   tomando sus medicamentos ordenados por sus médicos, más aquellos otros que el mismo a agregado a la lista en su sapiencia para fortalecer su cuerpo en la lucha contra su menoscabo y el dolor, esperando alejarlos por algún tiempo, mientras su amada −en otros su amado o su pareja cualquiera fuera su naturaleza o elección− le arrulla. La siente tan cerca como si nunca hubiera partido, la visualiza: ya joven, ya mayor, mas siempre por encima de las imágenes de ella recordadas, porque un imperceptible halo de luz pareciera rodearla y desde allí, asiente sobre la libertad del anhelado reencuentro y le anima, mientras ella se distrae jugueteando con su última mascota, quien también, junto a ella, se unió a los seres de luz y quiso adelantársele para en la eternidad acompañarla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


sábado, 30 de mayo de 2020

CUENTOS DEL CIELO - NODO 03 - EL SEMINARISTA ELEUTERIO 🔊



Tras haber cursado sus primeros cinco años siguiendo su vocación sacerdotal en el seminario conciliar de San José, el primero fundado en  el país, tres de ellos  dedicados al estudio de la filosofía y dos más  dedicados a la teología; era el momento de realizar su año de trabajo social, para cual, el obispo le había destinado a servir en la parroquia de San Antonio en el barrio del Cielo, donde el padre Aristizábal oficiaba de párroco.  Terminado este servicio le quedarían dos años más de teología, tras el primero de ellos sería nombrado diacono con derecho a oficiar misas, celebrar matrimonios y presidir entierros y tras el octavo o último ya obtendría el presbiterado u ordenación sacerdotal.

Su llegada del seminario mayor o conciliar de San José que tiene sus raíces en el seminario San Luis, fundado en 1.581 y que funciono por centurias en el colegio San Bartolomé y, dadas su raíz de conciliar, o propagador de la fe en los pueblos conquistados, era obligación de sus antiguos estudiantes conocer y predicar en lenguas indígenas.

El seminario San José junto al museo del Chico fueron donaciones de doña Beatriz Sierra, la hija de don Pepe Sierra, oriundo de Antioquia, región de gentes pujantes y quien fue  el hombre más rico del país de la primera mitad del siglo veinte, quien se daba el lujo de ser el prestamista de los gobiernos de turno a cambio de todo tipo de concesiones oficiales.  

Doña  Beatriz,  al decir de sus empobrecidos herederos, tenía  por costumbre dilapidar su fortuna en casinos europeos y se dio el lujo de regalar respectivamente a la iglesia y al estado estas posesiones con destinaciones específicas por cien años, previsión que a evitado, por ahora, su enajenación por parte de estas instituciones deseosas de acabar con  estas casi invaluables joyas arquitectónicas.

Del seminario llegó Eleuterio cargado de fe y de ilusión a servir a la comunidad del Cielo junto al padre Aristizábal. Había adelantado su llegada planeada para el día siguiente en horas de la tarde, y la verdad sin él saber por qué. Había sido un impulso pensando, tal vez, en compartir una cena y alguna charla agradable con su superior.

Habia encontrado abierta la puerta de la casa cural, cosa extraña de la cual debería prevenir a al párroco dada la ganada fama de violencia del sector y al deslizarse en la sacristía, estando el padre dándole la espalda, le pareció oportuno un saludo en voz alta, solo unos decibeles abajo de un grito, para evitar sobresaltarlo:
- Buenas noches querido padre Aristizábal.
Fue Eleuterio quien quedó paralizado por la sorpresa. El padre Aristizábal quien examinaba dos fotos en sus manos se volteó con rapidez a mirarlo por su inesperado saludo. Los ojos de los dos solo alcanzaron a hacer un contacto visual por un par de segundos. Los del cura con sus parpados y pupilas abiertas más allá de lo normal, los suyos con la cerrada fijación de un águila cuando esta a punto de dar casería a su presa.  

El presbítero cayo fulminado como si hubiera visto en él al mismo diablo.

Que mierda mi diosito lindo. Alcanzó Eleuterio a balbucir entre sus labios.

Perdón, perdón, Chuchito. Pero que carajos ha pasado.

Eleuterio se acercó al sacerdote quien había caído de cara al piso como cae un tronco al ser cortado por un leñador, al darle vuelta para auxiliarlo, vio como empezaba a sangrar por boca y nariz a consecuencia de la dureza del golpe. Su mano aún sostenía un par de viejas fotografías ya casi borradas sus imágenes a causa de los años. En la primera se veía una joven pareja. Era una foto tal vez de los años cincuenta del siglo XX o ya pasado. Que lejos se escucha al decir esto, pero que cerca estaban las añejas vivencias contadas por padres y abuelos.  En la segunda, se sumaba a la pareja en la foto un bebe a quien ella sostenía en sus brazos con orgullo mientras él a ella la abrazaba.

Al dar vuelta al caído alcanzó a escuchar su último suspiro. No era este decir un recurso literario, sino una verdad de a puño. Fue una prolongada inhalación por boca y nariz con una rápida exhalación que dio fin a todo movimiento en el cura. Todo el cuerpo del padre se distendió como el de quien ha alcanzado una plenitud al desconectarse del mundo característico de los practicantes de yoga, solo que para Aristizábal ya era cuestión de un par de horas para que su cuerpo fuera tomado por la rigidez cadavérica.

Eleuterio no se inmuto ante su muerte. Como miembro de la cultura indígena Nasa que habita en el departamento del Cauca, la muerte fue por muchos años algo cotidiano en las batallas libradas por grupos insurgentes y paramilitares que disputaban de modo permanente las tierras plagadas de cultivos ilícitos.

La verdad, su vocación había nacido escuchando misioneros católicos quienes habían traído, además de las escrituras la posibilidad para algunos de cambiar su vida entregando la misma a la vocación sacerdotal y eso era mucha ganancia.

Lo primero fue llamar al obispo quien no salía de su asombro.

- “Como así que el padre Arbeláez murió de un infarto apenas tu ibas llegando”.   “No puede ser posible”. Salgo para allá, mientras tanto, llama una ambulancia, debe ser posible revivirlo.

Cuando su eminencia monseñor Reyes llegó a la casa curul de la parroquia de San Antonio encontró allí la ambulancia. El cuerpo del cura Arbeláez yacía, en la sacristía sobre una camilla con sus manos entrelazadas sobre el pecho y un crucifijo en ellas puesto por Eleuterio en señal de respeto, devoción y recogimiento. Un buen número de vecinos y curiosos inquirían que había pasado con el cura y, además, afuera estaba el sargento de la policía Rivera con un piquete de cinco intendentes de la institución rodeando la ambulancia para alejar a los curiosos y dilatarles el saber de la suerte de su párroco.

Eleuterio sabía bien distinguir la falta de expresión de los muertos donde no se dibuja nunca una sonrisa o cualquier gesto que denotara cualquier emoción o sentimiento tal como ocurre con las figuras de cera de los museos de este tipo, pese a los esfuerzos de expertos maquilladores. Por eso, él llamó también al sargento Rivera a quien había conocido en una cena previa de ambientación a su llegada y los dos congraciaron en su trato.

Monseñor subió a la ambulancia junto al cuerpo y ordeno a la misma partir haciendo aullar su serena para hacer con ello pensar a vecinos y curiosos, como en ella se reproducía la lucha en la cual la muerte le arrebata a la vida a alguno de los por breve lapso suyos, y que la vida solo tiene en su defensa, el número casi incontable de individuos remplazándose unos a otros.  

Así no hubiera crimen en ello por haber sido su muerte natural, el agobiado monseñor pensaba no era buena idea se supiera de la muerte del párroco en el recinto de la casa cural,   y menos en la parroquia san Jose del barrio el Cielo, donde toda muerte aún por natural resulta sospechosa, y donde las mismas autoridades judiciales se niegan a asistir a cumplir su obligación de levantar los cadáveres, los médicos a expedir partidas de defunción para no inmiscuirse en problemas innecesarios, y solo las funerarias, en silenciosa labor, tienen allí el oficio de disponer de los cadáveres, aún de aquellos a quienes nadie reclama y eran incinerados al menor costo posible, lo cual incluía incinerarlos por parejas o tríos, haciendo realidad para algunos de ellos el sueño que en vida nunca les fue posible:  yacer así fuera en este caso sobre una plancha metálica, junto a un semejante pese a la ausencia del calor humano, que para el caso tomaba su lugar las llamas del horno, tal vez como premonición de el eterno destino de su alma.

Hubo comprensión, acuerdo tácito y aceptación entre todos los que   por cualquier circunstancia de la muerte del cura supieron del sitio de su ocurrencia, y, por tanto, la versión irrefutable fue que esta muerte se produjo en la ambulancia camino al hospital.

Ahora, pensaba monseñor, era necesario aprovechar la ocasión para hacer un llamado a la fe en esta díscola comunidad parroquial.

Que la muerte de su clérigo por tantos años fuera para ellos un llamado a la piedad y la humildad entre sus feligreses en su ejemplo de  servicio, y también debía servir la ocasión para dar a conocer a esta comunidad su nuevo guía y, dada la escases de vocaciones sacerdotales, de hombres jóvenes llenos de fortaleza para difundir la palabra de Dios; le pareció pertinente darle una dispensa a Eleuterio para que iniciara desde este mismo momento sus funciones de diacono con autoridad para dar a la comunidad la eucaristía, los sacramentos y consuelo.

Ya a la muerte del cura. Eleuterio, en sus cinco años de estudio en el seminario había demostrado buen juicio y tacto para realizar su labor pastoral. Esto es un tiempo mucho más largo del de la preparación de tantos pastores cristianos con indudables cualidades de oratoria que han hecho de la difusión de la fe, un lucrativo modo de vida proclamando estar iluminados por el espíritu santo.

Presidir la misa de difuntos de su predecesor fue su primera labor como el diacono a cargo de la comunidad del cielo.

Fue tal su orgullo que en un pequeño gesto de vanidad contrato un fotógrafo para dejar así un recuerdo grafico de la ceremonia y, de entre las fotos presentadas a su consideración escogió dos para enmarcar.

En la primera de ellas yacía Aristizábal en su féretro con sus manos enlazadas donde un buen observador podía ver en su mano derecha una modesta argolla. En la segunda, era una foto de él mismo dando la bendición con su mano levantada haciendo la señal de la cruz donde se veía otra argolla similar en su modestia a la que lucia el cadáver del prelado.

Solamente Rita, la dueña de la pensión, al tener oportunidad de ver las fotos pudo identificar las argollas por haberlas visto lucir con orgullo por sus dueños originales por muchos años.

Eran las argollas de matrimonio del viejo Laureano y Josefina su esposa.

Eleuterio usaría la suya por el resto de su vida, si alguien le hubiera preguntado por qué siempre tenía esta argolla, él no confesaría la verdad: pese a haberlo intentado innumerables veces nunca había podido retirarla de su dedo anular, estaba fundida de algún modo a su cuerpo.

Años después, al desenterrar los restos del cura Aristizábal, para colocarlos en un osario, el enterrador vio con asombro como la mano de Aristizábal con la argolla en la misma mantenía la palidez cadavérica de un recién fallecido.

Enterado el obispo de esta extraña condición, hizo guardar en un pequeño cofre a manera de sarcófago la mano del cura e informó de ello al vaticano, para ver si con el tiempo, esta se podía constituir en una prueba de santidad, mientras tanto, enterrada a los pies del altar, cada día presidia las eucaristías de turno oficiadas por Eleuterio en la iglesia de San Antonio del barrio del cielo, quien sin saber cómo, era poseedor de toda la memorio de su antecesor, el cura Aristizábal.


RICARDO MUÑOZ  

viernes, 29 de mayo de 2020

CUENTOS DEL CIELO - NODO 02 - EL ERROR INEXISTENTE 🔊



¿Cómo se puede corregir un error inexistente?

Está pregunta torturaba a Rita, la dueña de la pensión de la calle del Rocío así llamada por sus húmedos amaneceres, y por marcar el lugar en el cual todo exceso humano es posible. Allí la frontera invisible dividiendo el territorio dominado por las pandillas más numerosas de la comuna.

En las faldas de los cerros de las nacientes montañas, límites naturales de las mesetas donde los conquistadores fundaron o se apropiaron de las ciudades indígenas siempre existen estos cordones de miseria que, de modo coloquial se denominan: chabolas, favelas o invasiones. Esta última denominación, recordando sus orígenes ilegales por haber sido el resultado de la toma forzada de tierras baldías o ajenas  dando con esto una carga negativa a estos barrios, así en su génesis,  sus habitantes quisieron  tener un sentido  de pertenencia y defensa  comunal como  existió en las culturas nativas prehispánicas; pero con su origen, de lo nacido en  lo ilegal buscando legalizarse,  buscando hacer primar el   derecho que cada uno tiene de tener donde guarnecerse; pero ahora,  de común solo tienen la miseria de la mayoría, porque en ellos se vive una  muestra clara  del capitalismo salvaje. Allí   la lucha por la supervivencia se torna avasallante y sólo hay lugar para el disfrute de los triunfadores, quienes, para el caso, son las bandas delincuenciales que imponen entre los habitantes sus caprichos como leyes infranqueables y a la vez son una barrera al acceso para extraños sin arraigo en los mismos.

Mortificaba a doña Rita el hecho de que, por el temor predominante en todos a inmiscuirse en cualquier cosa diferente a los propios asuntos; ella actuando en este actuar de esta comunidad marginal había cargado y dejado abandonado el cadáver del viejo Laureano. El murió en la habitación de su pensión cualquier día y sentado y tieso le descubrió ella al ir a cobrar su alojamiento mensual. Como pudo, lo cargo y dejó a su eterno inquilino en medio de la calle donde una de las lluvias torrenciales de esos días se había encargado de borrarlo de la memoria de los hombres más no de la suya, donde a diario se filtraba en sus recuerdos como una neblina pese a los ruegos e intenciones en sus rosarios   matutino y vespertino robándole así   la calma en su transitar hacia una venturosa eternidad siempre soñada como el premio prometido a su terreno sufrimiento.

No era ya cuestión de reportarlo a la policía pues, por los ya largos días transcurridos del suceso. Ello   implicaría posibles consecuencias penales. Por lo demás, la policía tampoco llegaba hasta su calle a no ser protegidos por tanquetas por temor a sufrir las consecuencias de un enfrentamiento desbordado con las pandillas. La orden para la policía, al parecer, era tratar de contener que el contagio criminal de este barrio no cundiera para tratar de evitar se desbordará a otras comunas. Vano intento, esta prevención era violada a diario por los malandros quienes siempre perneaban los retenes regándose por la ciudad a cometer sus fechorías e ir luego a departir en tienduchas del sector o a descansar protegidos por el sentimiento de ser parte de una manada voraz en sus viviendas del barrio.

Pensó. Lo mejor es confesarlo al padre Aristizábal, el párroco de la iglesia del barrio: San Antonio.

Allí se dirigió en busca del religioso y de confesarse.

-Acúsome, padre que he pecado.

-Dime tus pecados hija.

-Encontré en su habitación al viejo Laureano muerto y por temor a problemas le tiré a la calle.

El cura, sorprendido, frunce el ceño.

- ¿Y cuándo fue eso hija?

-Hace quince días padre.

- ¿Y el cadáver?

-Se lo llevaron las aguas de los caños.  Nadie sabe de él.


-Tienes que reportar su desaparición a la policía. Vamos, te acompaño.

-Imposible padre. No quiero tener problemas y recuerde: estoy en secreto de confección.

El cura se sintió atrapado por sus votos, pero esto no le iba a salir gratis a su feligrés. Exigió Una contribución para el siempre inacabado atrio de la iglesia al límite de las posibilidades de ella e ir a ver el cuarto para hacer una oración funeraria por Laureano para otorgarle su absolución y también pensando que cosa valiosa se podría encontrar allí.

Muy a su pesar Rita hubo de aceptar estas condiciones para dar paz a su alma con esta indulgencia comprada muy al modo de costumbres antiguas que, al contrario de Laureano ya muerto en la memoria de todos, estas tardaban en morir y renacían cuando menos se esperan.

Se dirigieron a la Pensión de inmediato con el cura Aristizábal armado de su estola sacramental, agua bendita, incienso e incensario para evitar sorpresas demoníacas y claro, sin olvidar sus lentes para agudizar su vista por si acaso era factible encontrar en la habitación algo de interés.

Allí movió los cuatro o cinco muebles existentes y dio vuelta a cada uno de ellos. El cura sabía de la costumbre de los viejos de esconder sus pocos bienes de valor entre estos y efectivamente se dio cuenta que en el tapizado del sillón de Laureano se veía un pequeño bulto sobresaliendo en su espaldar. Sin pensarlo ni decir nada rompió la tela y encontró una pequeña caja metálica de galletas de lujo. La puso en el bolsillo sin decir nada a Rita. Ya habría tiempo en la sacristía para examinarla con detenimiento. A toda prisa soplo sobre algunas hojas de papel para prender ligeramente el incienso y lo esparcirlo en la habitación la cual se llenó con su humo y fragancia mientras entonaba media docena de veces la exhortación del responso: “Dale Señor el descanso eterno “ a lo que Rita compungida  contestaba “Brilla para ella la luz perpetua” y ya para terminar, después de un padre nuestro y una Ave María pronunciados a la carrera; mientras esparcía el agua bendita, con lo cual se despedía de Laureano dándole  paz y bienvenida al reino eterno, también sirvió para despedirse  de  Rita con la exhortación final: “descansa en paz”. Esta igual llegaba justa tanto para el alma del difunto como para la de Rita. Ya de salida en la puerta alcanzó a oír decir a Rita, también como despedida: “Así sea” para confundir sus voces en un sanador: “Amen”.

Rita se sintió, desde el mismo momento en que cerró la puerta tras el cura Aristizábal ligera al haberse quitado un peso de encima que la estaba consumiendo a diario. Tal fue su alivio que se le cerraban los ojos del peso de su sueño acumulado por tantas horas en vigilia cavilando sobre si el viejo Laureano no hubiera merecido una suerte mejor, como haber sido enteradas sus cenizas junto a las de su esposa Josefina. Bueno, ella ya había pagado por su pena y ya podía olvidarse del viejo haciéndole reclamos en sus sueños. Se dirigió de inmediato a su habitación saltándose su acostumbrada comida. Apenas tuvo tiempo de colocarse su piyama y sin rezar su rosario vespertino se quedó de inmediato dormida con la tranquilidad de haber actuado conforme a su conciencia. Que importaba que el cura se hubiera apoderado de la posesión más valiosa de Laureano en la misteriosa caja de galletas pensando porque ella no lo había visto para tomarla. Ambos en ese momento disimularon a su propia conveniencia, él de no ser visto y ella de no ver. Sólo por un momento lamentó no haber sido más pérticas en sus búsquedas previas dentro de las pertenencias de Laureano; pero bueno, pensó, esta había quedado en buenas manos e inmediatamente la borró de su memoria, al fin y al cabo, ahora podría retomar el cuarto para buscar un nuevo inquilino.

Ahora pensaría la posibilidad sugerida por el padre Aristizábal de dejárselo a Eleuterio, el nuevo seminarista enviado por el obispo para entrar al servicio de la parroquia. Si bien era cierto que él tenía que obedecer y amar al obispo, tampoco era cosa de tener un seminarista alojado de modo permanente en la casa cural y rondando en la sacristía husmeando sus asuntos. El inquilinato de Rita estaba conveniente situado sólo a tres cuadras de la parroquia y de seguro la convencía de dejárselo gratis.

Una vez en la calle, después de haber presidido la oración de difuntos brindada a Laureano en casa de Rita, el padre Aristizábal se dio cuenta como ya entraba la noche y no era bueno estar deambulando por las calles del barrio, si bien su sotana Infundía algo de respeto en la comunidad, también para algunos alejados de la iglesia para quienes la misma era un objetivo por conquistar y presumir de él ante sus pares de pandilla.

En menos de un par de minutos ya estaba poniendo doble llave desde dentro a la casa cural y de inmediato se dirigió hacia la sacristía donde tenía su despacho y escritorio. Encendió la luz de la lámpara situada sobre el mismo, sacó la pequeña caja de galletas de marca y edición especial consumida hace quién sabe cuántos años por Laureano y Josefina con seguridad en ocasión o algún momento memorable en sus vidas digno de este pequeño lujo. Enfocó la luz sobre la misma sonriendo y preparado a darse por satisfecho por su hallazgo.

La caja estaba casi herméticamente cerrada por acción del óxido. Fue necesario ayudarse de su pequeña navaja para hacer palanca entre su cuerpo y la tapa. Lo primero que vio helo su sangre e hizo que un sudor frío aflorara en su cuerpo.

Era una estrella de David de seis puntas rodeada por un círculo y sobre ella la imagen labrada de un macho cabrío. Símbolo usado por satánicos para presidir sus ritos salvajes.

No se atrevió a tocarla. La miro sintiendo como su cuerpo se estremecía de temor, rabia y repulsión. Todo al mismo tiempo. Tomó la pequeña botella donde mantenía el agua bendita usada en sus visitas sacramentales como la realizada hacia pocos minutos donde Rita.  Vertió las últimas gotas en la misma sobre el satánico símbolo pronunciando un intencionado exorcismo: “Regresa al infierno Satán”.

La cajilla, a su impulso, pareció tomar vida y cayó sobre el piso vertiendo allí su contenido. Un par de argollas de oro brillaron en el suelo. Laureano las había enlazado con una cinta. En estas estaban grabados y casi borrados en forma alterna los nombres de la pareja: Laureano y Josefina esto como la promesa de un amor jurado para durar más allá de sus vidas. A su lado también estaba una pequeña bolsa de pana oscura con un color casi indefinible por los años. La tomo y la palpó. Sintió en su interior lo que parecían ser un par de fotografías. Muy seguramente serían fotos de su boda conservadas con ternura para eternizar en ellas el sentimiento de ese momento.

Las sacó de revés viendo con asombro como eran unas fotos recién impresas. Dudo antes de voltearlas para mirarlas en el estado de estupor en el cual se encontraba.

Tomo fuerzas y volteo la primera de ellas. En esta se veía a Eleuterio, el seminarista al que aún esperaba vestido con su propio ajuar ceremonial frente a un féretro con su mano levantada como ejecutando la señal de la cruz. En su desconcierto tomo rápidamente la segunda.

Era su propia imagen con palidez cadavérica dentro de ese sepulcro.

Sintió como se abría la puerta de la sacristía. Era el mismo Eleuterio quien alegre le saludaba:

Buenas noches querido padre Aristizábal.

Esto fue lo último que alcanzó a escuchar el buen cura antes de caer desgonzado en el piso.

RICARDO MUÑOZ

jueves, 28 de mayo de 2020

CUENTOS DEL CIELO - NODO 01- EL VIEJO LAUREANO 🔊




Tantos años llevo viviendo en la misma calle del barrio del Cielo, que me gustaría hacer memoria de algunas de sus historias.

Allí fue donde el viejo Laureano se murió haciendo soñar a su par de tortugas sobre las posibilidades del bosque, y ellas, resueltas a encontrarlo una vez él murió solo y abandonado sobre su raído y cómodo sillón, la mejor de sus posesiones, tuvieron a bien acompañarlo estrellándose una y otra vez contra la puerta de su pieza; inamovible esta en su destino de ser el fin de camino para ellas.
Al viejo Laureano nadie lo extraño por una semana entera pese a haber vivido en el cuarto de la pensión por más de diez años.

Tan seco estaba en el fin de sus días, que no tuvo la naturaleza modo de expandir el hedor característico de la putrefacción cadavérica para advertir con esto de su muerte a doña Rita, quien heredó la pensión de su madre con el mismísimo Laureano ya morando en ella; y esta carencia de descomposición, no ha de entenderse como un signo de santidad, que como bien es sabido o ha difundido la jerarquía de la iglesia católica, corresponde a una prueba de santidad. Esta iglesia, la única que en su vida el viejo conociera más no practicará más allá de asistir a la misa dominical, para después buscar su almuerzo y algunos víveres para la semana en los puestos que en el mercado del parque frente a la iglesia que ese día allí se establecían.   El decirse católico, como como tantas cosas más en la vida de cada uno; era para él una simple etiqueta con la cual identificarse si alguien le llegara a preguntar sobre sus creencias. Una forma simple de decir: Ey, miren, yo también pertenezco al género humano, pero, la verdad, fue una previsión pretenciosa e innecesaria, pues nadie solía hablar con viejo Laureano.

 Nadie en los últimos cinco años, después de la muerte de su esposa Josefina, con quien había llegado a la pensión, jamás le había preguntado nada más allá de un requerimiento o un formalismo de olvido inmediato. Ellos llegaron allí, cuando la viuda de su único hijo, Ernesto, los echó de la casa de la pareja a la muerte de este.

Llegaron a la pensión en busca de refugio de la intemperie con algunos trastos casi tan viejos como ellos a esperar la muerte, mientras sobrevivían con la pensión mínima de Laureano, tras jubilarse después de haber cumplido en un puesto de operario en la imprenta estatal los requisitos de ley para lograrla.

Doña Rita lo vino a echar de menos el cinco del mes, fecha en la cual el viejo, tras ir a cobrar su pensión pasaba a pagarle su mensualidad ya siendo noche, y estando ella, como siempre estaba, requiriendo unos pesos, fue a tocarle a la puerta y no obteniendo respuesta, procedió a abrirla encontrando el cadáver.

Se dio cuenta entonces como no había nadie a quien avisar o quien lamentara esta muerte o se hiciera cargo de disponer del cadáver.

Valiente problema. Revolcó entre las pertenencias del viejo y encontró, en la pequeña cómoda un tarro con algunos ahorros. Los tomó para sí como pago por las molestias.

Al par de pequeñas tortugas las descargo en el sanitario y en cuanto al viejo, lo levantó y lo puso en la esquina de la calle en mitad de la noche que terminó por ser la más lluviosa del año.

Esa noche las aguas torrentosas venidas del cielo se encargaron de llevar a los caños y estos a los ríos y ellos al mar toda la basura desechada en las calles por el género humano.

Hay quienes les gustaría creer posible, como en el mar, el viejo pudo encontrarse con su esposa, su hijo y su par de tortugas, mas esto es un imposible. Las cenizas de Josefina y Ernesto reposan en el cementerio.




RICARDO MUÑOZ

martes, 26 de mayo de 2020

CUENTOS DEL CIELO - NODO 07 - EL TRUCHO 🔊





La desesperanza de las largas horas en que se había convertido la vida de Javier Moncada Némesis desde su llegada a la capital la venció compartiendo jornadas de trabajo  con compañeros en similar diario vivir, cuando se desempeñó como operario en la compañía de aseo de la ciudad, donde sus amigos le llamaban el Trucho, mote que él  traía desde  su tierra natal, el cual heredó de su padre quien lo adquirió  como reconocimiento a su capacidad de sortear  dificultades,  pero para sus compañeros, además de causarles gracia este apodo en la camaradería de usarlos, les recordaba  la capacidad de Javier de encontrar alguna que otra cosa medianamente valiosa entre las canecas que iban trayendo y llevando desde las aceras al carro recolector de basura y de nuevo a al borde de cada casa o edificio, las cuales se materializaban en algunas monedas de ganancia para gastarlas de modo compartido los domingos.

Su angustia era cosa del pasado que en la oportunidad de trabajar se fue. Él, como tantos otros, recorrió el camino de ser uno más en las cuentas de un político de turno, que así como brillo al momento de hacerse a la alcaldía, se venía apagando en su desempeño y con esto, fueron  desapareciendo todos los favores repartidos entre sus seguidores que le tendían  la mano en busca de una oportunidad, luchando para dejarse ver de él para ganar un puesto en un posible triunfo y una buena forma era tener una foto de recuerdo junto a él para adjuntarla como referencia  al momento  de entregar en  la secretaria de la sede del partido sus hojas de vida, donde existía el   compromiso tácito, para cada uno, de obtener un puesto por  gritar consignas en las manifestaciones públicas del candidato, y el Trucho  tuvo la extraordinaria suerte de salir en  una foto de primera página del diario de mayor circulación nacional gritando arengas en plena manifestación junto al candidato, y fue tan buena la foto, de la cual él ni se dio cuenta cuando el reportero gráfico disparo su cámara, que dicha composición logro estar en la selección final de un concurso de fotografía política, con lo cual, tanto el reportero como él se volvieron famosos, aunque no con la misma intensidad, publico y duración, porque para él su público fue  el político y su corte, pues este ordeno una ampliación tamaño cartel que puso en la sede  con un pie de foto con la emotiva leyenda, “Únete a mí con el entusiasmo del Trucho.”

Javier recordaba como primero fueron cerca de tres meses de campaña, y elegido el candidato quien salió victorioso en la contienda, muchos días y días de peregrinación a la sede del partido mirando si había sido seleccionado en algún puesto con un no siempre por respuesta. Como a casi todos, a Javier esta peregrinación le resultaba desgastante. Algunas veces pudo ver de lejos al alcalde electo pero siempre escoltado por una nube de interesados sin poder acercársele para dirigirle unas palabras, mas eso sí, todo el tiempo terminaba entregando su trabajo a cambio de nada, siempre había un mandado que hacer, un papel que llevar, unos almuerzos que traer  a la sede, que nunca le ofrecieron sino que eran para aquellos cercanos al alcalde ya enganchados en la futura administración con las expectativas de, al ocupar sus cargos, ver si de algún modo podían  sacar provecho adicional de estos como es lo acostumbrado en el servicio público.

Javier probó en esos días la decepción. Aquel a quien se unió pensando en su propia posibilidad de un trabajo lo ignoró tanto y aún más ya posesionado cuando no volvió a su sede, entonces Javier pensó que solo una rendición digna de su aspiración ante tanta negativa era necesaria a sus ojos para reivindicar su auto estima. Con esta herida a cuestas y queriendo sanarla, pasados casi tres meses de la posesión de su candidato como alcalde, su furia contenida le llevo a ir a retirar, como un acto simbólico que a nadie interesaba, su hoja de vida del fardo inmenso de aspirantes donde sabía debería estar, pues él mismo se cercioro al momento de entregarla de colocarla encima de todas las demás, pensando que esto mejoraría sus posibilidades de acceder a una posición dentro de los trabajadores de la alcaldía. No aspiraba a mucho, como tampoco era gran cosa era su hoja de vida. Solo su nombre completo. Javier Moncada Némesis. Su estudio de primaria en la escuela rural de su terruño, una dirección, primero en la cima de la montaña sobre el barrio el Cielo: “Rumbo Claro casa ocho”, que correspondía era a una ilusión de momento. Tal el nombre inventado por los invasores de un lote sin nomenclatura. Ranchos levantados sobre un retazo en la ladera arriba del barrio el Cielo, donde pese a la pobreza de los lugareños en este   establecidos, y quienes al igual que ellos, habían colonizado el lugar en invasiones sucesivas, mas ya legalizadas, no querían saber más de ellas y llamaron a la fuerza pública para desalojarlos. Después de esto terminó viviendo en un cuarto en la pensión de dona Rita ubicada en la última calle habitable del barrio el Cielo, con su nomenclatura jeroglífica para extraños de la zona, la cual agregó después en la hoja de vida tachando la primera temiendo no pudieran localizarlo y perder por esto su oportunidad de un trabajo. En dicha pensión compartía por motivos económicos la habitación con una mujer que decía llamarse María quien estaba en su misma condición de desposeídos e invasores a quien conoció en esta aventura. Ella llegó proveniente de las montañas del Cauca huyendo de los asesinos de sus padres pues estos mismos la querían reclutar para ser esclava sexual de sus tropas irregulares que imponían su voluntad como ley para, en nombre de una supuesta lucha de clases destruirlos.

María no tenía ningún documento ni nadie que diera constancia de la veracidad de su pasado. Su vida, un poco como la de él mismo,  era la de un perro callejero buscando por doquier un mendrugo o un refugio para sostenerse respirando haciendo poco caso al hambre y al frío, porque la vida era lo único que ellos tenían, y esto a nadie le importara, pero  María la defendía, no a capa y espada, porque de esto tampoco tenía, pero si una boca bien dispuesta  con todos sus dientes y unos caninos especialmente afilados, que igual también le servía para llenar de  improperios a cualquiera que  intentara despojarla de  sus  mendrugos logrando ponerlo en fuga, claro, esto era  antes de tener que recurrir a utilizar un cuchillo escondido entre sus pantaletas y su piel y de esto ya uno o dos podían dar testimonio si es que volvían a encontrarla.  

Los dos hacían buena pareja complementando sus limitaciones. El trucho y María. Ya los reconocían como uno solo en la pensión, en la tienda y en la cuadra. Pero ellos no eran nada el uno para el otro, solo un par de hienas solitarias de diferente género que se complementaban en lo esencial, lo cual por supuesto también incluía algo de sexo cuando un buen descanso les permitía recuperar las fuerzas suficientes para buscarlo de un modo animal y mecánico, más eso si sabiendo la imposibilidad de la procreación, pues María había acudido a evitarla con anticonceptivos de largo plazo, en eso si se reconocía la eficiencia de la administración municipal, y para qué. Eso si era algo que cada mujer que allí acudía agradecía.   También los dos coincidían en el alto calibre de su orgullo y por orgullo fue Javier a retirar su hoja de vida del cartapacio de las ilusiones frustradas de los aspirantes a empleados públicos engañados a cambio de sus votos. La requirió en la secretaria de la sede del partido. Cuál sería su sorpresa al recibir por respuesta que desde hacía dos meses estas hojas de vida sin experiencia laboral, sin ningún tipo de estudio y capacitación recolectadas en plena campaña electoral se desecharon por no haber ya vacantes disponibles para este perfil de candidatos. Ahora solo se recibían aquellas con un mejor perfil profesional o técnico.  

Él había rondado por la sede a lo largo de más de seis meses haciendo el papel de mandadero de todos, trayendo y llevando papeles y almuerzos a cambio de nada. Se sintió engañado.  Sintió hervir la sangre. montó en cólera. Tiro al piso todo lo que estaba sobre los escritorios de las recepcionistas. No era mucho. Estaban tan vacíos como la ideología del candidato. Vio su foto aún en la pared. El fotógrafo captó la esencia de su entrega a esta falsa causa. Por eso el candidato la consideraba valiosa como documento testimonial. El Trucho la arranco para romperla en minúsculos pedazos que fue tirando al suelo para después de esto partir a su cuarto en la pensión. Sabía que este recorrido le tomaría algo más de dos horas caminando. Necesitaba este cansancio para, unido a su hambre mermar su furia y sus fuerzas. Cuando llego paso por el baño comunal a tomar agua del grifo y servir sus propias aguas en el orinal, de allí fue a su habitación para quedarse de inmediato dormido a pesar de ser la tarde aún joven pues aún no invitaba a la luna para acogerla.

Su angustia era cosa del pasado que en la oportunidad de trabajar se fue. Él, como tantos otros, recorrió el camino de ser uno más en las cuentas de un político de turno, que así como brillo al momento de hacerse a la alcaldía, se venía apagando en su desempeño y con esto, fueron  desapareciendo todos los favores repartidos entre sus seguidores que le tendían  la mano en busca de una oportunidad, luchando para dejarse ver de él para ganar un puesto en un posible triunfo y una buena forma era tener una foto de recuerdo junto a él para adjuntarla como referencia  al momento  de entregar en  la secretaría de la sede del partido sus hojas de vida, donde existía el   compromiso tácito, para cada uno, de obtener un puesto por  gritar consignas en las manifestaciones públicas del candidato, y el Trucho  tuvo la extraordinaria suerte de salir en  una foto de primera página del diario de mayor circulación nacional gritando arengas en plena manifestación junto al candidato, y fue tan buena la foto, de la cual él ni se dio cuenta cuando el reportero gráfico disparo su cámara, que dicha composición logró estar en la selección final de un concurso de fotografía política, con lo cual, tanto el reportero como él se volvieron famosos, aunque no con la misma intensidad, publico y duración, porque para él su público fue el político y su corte, pues este ordeno una ampliación tamaño cartel que puso en la sede  con un pie de foto con la emotiva leyenda, “Únete a mí con el entusiasmo del Trucho.”

Javier recordaba como primero fueron cerca de tres meses de campaña, y elegido el candidato quien salió victorioso en la contienda, muchos días y días de peregrinación a la sede del partido mirando si había sido seleccionado en algún puesto con un no siempre por respuesta. Como a casi todos, a Javier esta peregrinación le resultaba desgastante. Algunas veces pudo ver de lejos al alcalde electo pero siempre escoltado por una nube de interesados sin poder acercársele para dirigirle unas palabras, mas eso sí, todo el tiempo terminaba entregando su trabajo a cambio de nada, siempre había un mandado que hacer, un papel que llevar, unos almuerzos que traer a la sede, que nunca le ofrecieron sino que eran para aquellos cercanos al alcalde ya enganchados en la futura administración con las expectativas de, al ocupar sus cargos, ver si de algún modo podían  sacar provecho adicional de estos como es lo acostumbrado en el servicio público.

Javier probó en esos días la decepción. Aquel a quien se unió pensando en su propia posibilidad de un trabajo lo ignoró tanto y aún más ya posesionado cuando no volvió a su sede, entonces Javier pensó que solo una rendición digna de su aspiración ante tanta negativa era necesaria a sus ojos para reivindicar su auto estima. Con esta herida a cuestas y queriendo sanarla, pasados casi tres meses de la posesión de su candidato como alcalde, su furia contenida le llevo a ir a retirar, como un acto simbólico que a nadie interesaba, su hoja de vida del fardo inmenso de aspirantes donde sabía debería estar, pues él mismo se cercioro al momento de entregarla de colocarla encima de todas las demás, pensando que esto mejoraría sus posibilidades de acceder a una posición dentro de los trabajadores de la alcaldía. No aspiraba a mucho, como tampoco era gran cosa era su hoja de vida. Solo su nombre completo. Javier Moncada Némesis. Su estudio de primaria en la escuela rural de su terruño, una dirección, primero en la cima de la montaña sobre el barrio el Cielo: “Rumbo Claro casa ocho”, que correspondía era a una ilusión de momento. Tal el nombre inventado por los invasores de un lote sin nomenclatura. Ranchos levantados sobre un retazo en la ladera arriba del barrio el Cielo, donde pese a la pobreza de los lugareños en este establecidos, y quienes al igual que ellos, habían colonizado el lugar en invasiones sucesivas, mas ya legalizadas, no querían saber más de ellas y llamaron a la fuerza pública para desalojarlos. Después de esto terminó viviendo en un cuarto en la pensión de dona Rita ubicada en la última calle habitable del barrio el Cielo, con su nomenclatura jeroglífica para extraños de la zona, la cual agregó después en la hoja de vida tachando la primera temiendo no pudieran localizarlo y perder por esto su oportunidad de un trabajo. En dicha pensión compartía por motivos económicos la habitación con una mujer que decía llamarse María quien estaba en su misma condición de desposeídos e invasores a quien conoció en esta aventura. Ella llegó proveniente de las montañas del Cauca huyendo de los asesinos de sus padres pues estos mismos la querían reclutar para ser esclava sexual de sus tropas irregulares que imponían su voluntad como ley para, en nombre de una supuesta lucha de clases destruirlos.

María no tenía ningún documento ni nadie que diera constancia de la veracidad de su pasado. Su vida, un poco como la de él mismo,  era la de un perro callejero buscando por doquier un mendrugo o un refugio para sostenerse respirando haciendo poco caso al hambre y al frío, porque la vida era lo único que ellos tenían, y esto a nadie le importara, pero  María la defendía, no a capa y espada, porque de esto tampoco tenía, pero si una boca bien dispuesta con todos sus dientes y unos caninos especialmente afilados, que igual también le servía para llenar de  improperios a cualquiera que  intentara despojarse de  sus mendrugos logrando ponerlo en fuga, claro, esto era  antes de tener que recurrir a utilizar un cuchillo escondido entre sus pantaletas y su piel y de esto ya uno o dos podían dar testimonio si es que volvían a encontrarla. 

Los dos hacían buena pareja complementando sus limitaciones. El trucho y María. Ya los reconocían como uno solo en la pensión, en la tienda y en la cuadra. Pero ellos no eran nada el uno para el otro, solo un par de hienas solitarias de diferente género que se complementaban en lo esencial, lo cual por supuesto también incluía algo de sexo cuando un buen descanso les permitía recuperar las fuerzas suficientes para buscarlo de un modo animal y mecánico, más eso si sabiendo la imposibilidad de la procreación, pues María había acudido a evitarla con anticonceptivos de largo plazo, en eso si se reconocía la eficiencia de la administración municipal, y para qué. Eso si era algo que cada mujer que allí acudía agradecía.   También los dos coincidían en el alto calibre de su orgullo y por orgullo fue Javier a retirar su hoja de vida del cartapacio de las ilusiones frustradas de los aspirantes a empleados públicos engañados a cambio de sus votos. La requirió en la secretaria de la sede del partido. Cuál sería su sorpresa al recibir por respuesta que desde hacía dos meses estas hojas de vida sin experiencia laboral, sin ningún tipo de estudio y capacitación recolectadas en plena campaña electoral se desecharon por no haber ya vacantes disponibles para este perfil de candidatos. Ahora solo se recibían aquellas con un mejor perfil profesional o técnico. 

 Él había rondado por la sede a lo largo de más de seis meses haciendo el papel de mandadero de todos, trayendo y llevando papeles y almuerzos a cambio de nada. Se sintió engañado.  Sintió hervir la sangre. monto en cólera. Tiro al piso todo lo que estaba sobre los escritorios de las recepcionistas. No era mucho. Estaban tan vacíos como la ideología del candidato. Vio su foto aún en la pared. El fotógrafo captó la esencia de su entrega a esta falsa causa. Por eso el candidato la consideraba valiosa como documento testimonial. El Trucho la arranco para romperla en minúsculos pedazos que fue tirando al suelo para después de esto partir a su cuarto en la pensión. Sabía que este recorrido le tomaría algo más de dos horas caminando. Necesitaba este cansancio para, unido a su hambre mermar su furia y sus fuerzas. Cuando llego paso por el baño comunal a tomar agua del grifo y servir sus propias aguas en el orinal, de allí fue a su habitación para quedarse de inmediato dormido a pesar de ser la tarde aún joven pues aún no invitaba a la luna para acogerla.

Quiso la casualidad que el mismo fotógrafo de la foto icónica de la campaña fuera testigo del ataque de furia del Trucho y disparara su cámara en ráfaga sobre él captando la explosión de su furia.  Varias fotos, en especial una mejoraba la expresividad de la primera foto rota por el Trucho, pero tenían un problema. En esta ocasión la furia se desato fue contra el electo alcalde quien pagaba la factura. Le mostró al alcalde su trabajo y él estuvo de acuerdo referente a lo brillante del momento. Tal vez en el futuro la pudiera utilizar, hizo buscar al Trucho, le ofreció un trabajo como operario en la compañía de aseo, con lo cual llenó su aspiración. Ya tenía modo de colocar pan sobre su mesa, bueno, al menos en la mesa comunitaria de la cocina en la pensión donde compartía con María su frugal comida. A cambio de este puesto con gusto lleno una autorización para ceder al candidato los derechos de su imagen en estas fotos. Ahora, para el alcalde, sería cosa de pensar cómo usar estas imágenes para su propio beneficio.

Un año entero le duro al Trucho el gusto de seguir al camión de la basura. Para él fue un trabajo noble en su esencia más pura, nacido de la primigenia labor de un cazador primitivo como parte de un grupo siguiendo días enteros una presa hasta lograr acorralarla, atraparla y festejar el esfuerzo compartiendo el fruto de la labor. Este esfuerzo, para ellos, los operarios recolectores de basura se convertía, además de sus sueldos, en las tardes de fútbol y cerveza los domingos que para él se prolongaban en noches de María quien ahora ejercía de ambulante pregonando cualquier mercancía de ocasión llegada a sus manos, como a sus manos llegaron dos cartas de su amiga, casi hermana, de su pueblo. Ellas crecieron asistiendo a la escuela y ya adolescentes asistiendo a verbenas juntas. Le escribió para decirle como el pueblo ya había recobrado la tranquilidad perdida cuando los asesinos se alejaron. Eso despertó en ella un deseo de volver y recuperar el terruño. Busco la oportunidad y el momento para hacerlo a pesar de notar en su interior y en Javier un dejo de tristeza, el cual, estaba segura con el tiempo pasaría sin remordimiento.  La oportunidad llego con el segundo pago del bono semestral de la empresa de aseo a sus operarios, dinero que Javier le cedió con gusto a María con la promesa de devolverlo lo más pronto posible, aunque en el fondo a él no le importaba. En su interior su deseo era que la distancia cimentara en María un deseo de volver a su lado mayor al de su tierra.

María Empaquetó sus pobres pertenencias apenas suficientes para llenar un pequeño maletín y partió ilusionada para encontrarse, a días de su llegada, con el engaño y la traición. El par de cartas llenas de falsa ilusión escritas por su amiga describiendo como la libertad había regresado a su tierra llevaban apostillada su sentencia de muerte. Allí se coló este designio como un virus que solo le dejo llegar a ordenar el rancho de sus padres por unos días reconstruyendo   su orgullo en vida del lugar y respirando la alegría de cada amanecer junto al recuerdo de sus viejos. Su llegada era esperada. Su amiga trató, como un último tributo a la amistad de niñez y juventud, de convencerla como era mejor prostituir su cuerpo para poder salvarlo y vivir un poco más. No cedió a dicha pretensión. Intentó huir, intentó luchar. Fue en vano, sobre su rancho se estableció por los asesinos un cerco. Toda una turba pasó sobre María para marcar en ella un ejemplo. Fue violada en una noche innumerables veces mientras su mente volaba con un creciente cariño próximo al amor recordando a Javier quien en vano intento junto a él retenerla. Ya vencida recibió en su cuerpo desnudo la descarga de un fusil que la dejo hecha pedazos para ser lanzada al río que obsequioso ante su dolor, permitió a su cuerpo recorrer el hilo de la muerte en que estaba convertido atravesando las montañas caucanas. Algunas veces este dejaba cadáveres   en sus riveras donde los lugareños podían rescatarlos para darles la despedida de un entierro y recordar como la humanidad contra la humanidad en estas montañas aún se cierne y recordarle a la población que podía esperar quien se resistirá a la voluntad de los predadores. El rio la entrego en la rivera del pueblo para recibir sepultura de sus vecinos acongojados y resignados al desamparo. Le cobraron su osadía de escapar al designio de la esclavitud sexual marcado por los carniceros. Ella no tenía en la zona ningún familiar, su ilusión había sido ver retoñar el terruño de sus viejos, mas, el pueblo entero era afín a esta savia recorriendo su sangre y se aunaron en su dolor, a su tumba la acompañaron cerca de cincuenta paisanos que le recordaban y querían.

La noticia de su muerte llegó por los difusos e intrincados caminos de la coca a la capital donde el Zarco era uno de sus eslabones moviéndose entre las montañas caucanas y la capital, transportándola a la ciudad como de igual manera llevaba a las montañas precursores y armas. De uno a otro de estos puntos él recorría esta ruta para mover sus mercaderías de oprobio y cualquier dato pertinente al poder devastador del terror arrasando a cualquiera atravesado a su paso. En ambos puntos sabían de la insolencia de María de no entregar su vida en vilipendio a sus propósitos.

En la capital, cayendo la tarde de un domingo, en la tienda frente a la cancha donde el Trucho junto a sus amigos celebraba las incidencias del partido estaba el Zarco pavoneándose con sus compinches asesinos los buenos vientos de sus empresas criminales. Él uso la muerte de María para incrementar el terror en el barrio del Cielo ante su nombre. María ya era para entonces conocida y querida en su entorno. El Zarco tuvo el atrevimiento de entregar con arrogancia perversa los detalles de la vejación de su martirio cuando el Trucho y sus amigos con cervezas celebraban y le escucharon cambiando por horror la celebración de la amistad y su partido. Un picadito como suele llamarse a estos encuentros en el cual el Trucho y su equipo habían resultado ganadores y ellos estaban gozando entre risas, mientras Javier trataba de borrar con las cervezas la nostalgia de María obteniendo el resultado contrario de hundirse más en el dolor de su recuerdo. La imaginó feliz regresando a esta misma hora del pueblo a su rancho después de haber vendido algunos productos de pan coger con esmero cultivados, para comprar con el poco dinero recibido algunas provisiones básicas para seguir con ellas adelante con su vida. Se arrepintió de nuevo, como desde el mismo día de su partida, no haberla acompañado, todo por tratar de hacer una vida en la ciudad con su puesto de operario recolector de aseo, dejando con ello también atrás sus propias raíces campesinas.

 También él había emigrado a la capital tras la muerte de su padre de muerte natural. Juntos eran jornaleros de una finca de palma donde el trabajo alcanzaba para ir tirando en su vida sin mucha ilusión de progreso. Dejó a sus dos viejos juntos en sus tumbas para acompañarse en su eternidad que ya él no necesitaba visitar porque fue su mismo viejo quien le instó a partir a la ciudad al sentir como la muerte se aprestaba a abrazarlo y hacerlo descansar de sus labores cotidianas con ilusión de encontrarse con su vieja que desde hacía algunos años lo esperaba y la sentía llamándolo para recibir la consolación de sus brazos.

Al llegar a la capital Javier supo de la dureza del asfalto y cuán difícil era iniciar una vida que al final logro cimentar tras labrar con persistencia un puesto para asegurar la mínima estabilidad y sostener una vida donde María se le fue metiendo sin darse cuenta en la sangre.

Un grito seco y desgarrador salió de su garganta al oír al Zarco regodearse narrando la muerte de María.  A la par sintió como de sus ojos salían lagrimas que nublaron su visión al estar mezcladas con su propia sangre proveniente de su corazón a punto de estallar. Rompió su botella de cerveza y se lanzó sobre el Zarco. 

Este, en compañía de tres secuaces, envalentonado como estaba jactándose de este dolor no esperaba esta reacción. Su risa socarrona se convirtió en una mueca de terror al sentir como el pico de la botella le atravesaba su tráquea hasta alcanzar la punta del cristal a sobresalir por detrás de sus vértebras y hacerle atravesar las puertas de la muerte. 

Javier Moncada Némesis, cuyo segundo apellido recuerda la diosa griega de la venganza y la muerte, con el cual su padre le rebautizó, pues también él en similar y dolorosa circunstancia vengo la muerte de su madre también fallecida de modo injusto y aleve, de la cual su padre pudo salir airoso en la venganza para levantar a su hijo honrando en este apellido la memoria de su madre.

Javier apodado el Trucho no tuvo esta suerte de escapar a la venganza cumplida. Los tres compinches del Zarco se encargaron de llenar su cuerpo de plomo, del cual, él generoso, compartió algunas balas con el Zarco para acompañarse en esta partida donde nadie puede dar razón del punto de llegada de cada uno. Él solo sabía que cerrándose sobre él esta profunda noche, su mente, su corazón o su alma le trajeron una última imagen de María y su sonrisa, por eso, todos quienes vieron su cadáver se sorprendían de ver un gesto de felicidad en su rostro.

martes, 28 de abril de 2020

DULCES DICTADORES - CUENTO

DULCES DICTADORES
CUENTO

 No son aún las diez y la noche, se siente, empieza a desenvolverse lucida en vela al recibir las noticias, de como se empezó a torpedear el mandato del presidente por cuenta de alcaldes que han lanzado sobre su orden de un retorno inteligente a la vida productiva una carga de fusilería en requerimientos casi imposibles, a cumplir en sus redes paralizantes de burocráticas, que antes de morir, se fortalecen en medio de la quietud obligada de la pandemia, cual caldo propicio a su interminable desventura.

Ha sido un largo domingo, como muchos de los días de esta cuarentena, cuando el tiempo tiende a estirarse como en los relojes surrealistas que pintara Dalí.  Sobre el lienzo tres relojes se derriten y se escurren: uno sobre un madero inmenso, otro sobre la rama del yerto tronco de un árbol aún en pie y el último arropa los despojos de un equino que yacen sobre el suelo, con su dentadura en una lúgubre sonrisa, teniendo todo esto como fondo al mar y unas áridas colinas, donde la vida se extiendo en horas interminables, mostrando la fuerza de la terquedad humana en su poder que nos ha puesto a vivir entre barrotes en esta obra a nuestros días proyectada.

Pareciera ya haber avanzado Cherezada a la página cuarenta de sus mil y una noches por entregar sus cuentos para vivir y no morir, ella al sultán le cuenta en esta ocasión, la historia de tres villanos llegados por mar desde las costas mexicanas a liberar una isla caribeña, en donde a sus ojos primaba la maldad de Fulgencio, presidente electo de la misma del 40 al 44 y dictador de facto del 52 al 59. Allí llegaron para derrocarlo imponiendo ellos sí el terror y la muerte aprendida muy bien de sus maestros de otras latitudes, donde la muerte recogió su cultivo con la hoz y su estrella dorada.

Tengo esa época clavada en la memoria como la fotografía del linchamiento de un campesino a manos de estos tres, dijo Cherezada, haciendo una pausa dramática para atraer la atención del sultán que pareciera estar cayendo en el sopor del sueño; ella sentía necesario hacer una diferencia entre las treinta y nueve noches precedentes y esta, la cual no estaba en sus cálculos destinada para el sueño del sultán, sino para lograr su desvelo. Una extraña maldición presentía ella sobre la misma. Si el sultán lograba conciliar en esta su sueño, se rompería su encanto de lograr en sus historias envolverlo y su muerte sería decretada. El dejo de la servidumbre del sultán en sus historias empezaba a actuar en su contra. Era necesario que el sultán pasará esta en vela y sólo el horror de la historia seleccionada podría lograr este objetivo.  Tomó su  rostro soñoliento entre sus manos para dibujarle la cruda realidad de  como dos hermanos llamados Fidel y Raúl, en compañía de un carnicero de sangre fría venido del sur, de ese mismo sur patria de Borges, para demostrar  como la ceguera física de este, en su tiempo iluminado, ha perdido con el transcurso de los años  el encanto de su intrincada narrativa; el mundo de hoy  a perdido su sabor en lo cuajado sus prisas y, que ahora, se sostiene sobre las alas de su obra poética, pero a ese hechizo fue inmune este  abyecto asesino con mote del Che,  quien de su mano o a sus órdenes cayeran  centenares de humildes campesinos, patrones, y cualesquiera que a sus designios fuera un estorbo para dejar esta isla  en ruinas y, en ruinas sigue estando tras sesenta años contados desde su llegada, y esta noche,  ese horror interminable de muchas historias en sus retazos configuraron la historia contada por Cherezada. Ella le narro  algunos de los momentos de esa interminable pesadilla, que tal vez al sultán le parecieran buenas enseñanzas, lograron el objetivo de hacerle ver nacer el albor de la mañana.

Como fuera. Los designios de la muerte llegan con pasos imprevistos, pensé yo al momento de cerrar el libro de esta extraña noche referida al sultán de Persia con su costumbre de buscar cada noche el goce de una mujer, para al día siguiente eliminarla. La princesa Cherezada  fue su concubina número tres mil en compartir su lecho y, no queriendo ella  morir se ingenio en  cada noche una nueva historia para ganar con esto para ella un nuevo día hasta lograr, al final, ponerlo a sus pies y ser su esposa, pero en tanto, en esas duras noches,  siendo una princesa, era igual un reo más en el pasillo de la muerte donde cada minuto cuenta, y mientras dura, se sienten como una sucesión interminable donde el cautiverio puede desarrollarse en un castillo o en la más mísera covacha cuando la muerte está pendiente de un hilo que en cualquier momento  puede romperse  y entonces su cabeza estará tan yerta como esta la del equino en el cuadro de la hora interminable de Dalí, convirtiendo a la princesa en su hacer en símbolo  de nuestras actuales horas de cuarentena a gusto prolongadas por alcaldes en un sádico placer que ocultan tras un noble rótulo, como lo hacen los dulces tiranos que han tenido bajo sus garras a sus pueblos oprimidos mientras sirven a sus ambiciones, como estos hermanos que a lo largo de sesenta años lo han logrado, después de deshacerse del asesino enviado a Bolivia a intentar sembrar allí su germen o sacárselo de encima ante una posible disputa por el poder supremo en sus manos y, al decir de Huber Mattos, su amigo cuando ejerció como  ministro de industria, él  ansiaba este poder después de haber puesto en ruina la previa floreciente industria cubana puesta a  su cargo, construyendo fábricas inservibles y fusilando a todo aquel que en el tiempo de Fulgencio hubiera dado brillo a esta.

Así vamos en nuestras horas de confinamiento. Buscando entre paredes encontrar formas de encarar sus largas horas con nuestros sultanes regentando e imponiendo el desvelo, mientras a sus ojos nos preserven de la muerte, cuando nos la decretan en una lenta sentencia al parar la económica que en la quietud y la distancia son ya casi nada. Es muy probable estos advenedizos sean admiradores del Che ejerciendo el ministerio de industria, queriéndonos poner a andar, como lo hiciera el Che, con dos botas izquierdas por que la derecha no existe, cuando toda la industria, como él hiciera se encuentren destrozadas.

RIMUZ